SEÑALERO 4-2-2011
JORGE ABBONDANZA
Hay que observar bien el mapa. El mundo árabe se extiende desde el Golfo Pérsico hasta el Atlántico, como heredero de la gran embestida musulmana que hace 1.300 años despojó a la Cristiandad de toda la costa meridional del Mediterráneo y conquistó la península ibérica. De aquella expansión sobrevive no sólo esa gran mancha geográfica, sino también una devoción religiosa que otorga a ese mundo un sentimiento de unidad nada sorprendente. Porque la historia del Islam tiene siete siglos menos que la Iglesia romana, y está por lo tanto en una etapa de su evolución que equivale al integrismo europeo de la Edad Media, con sus rasgos de fervor, xenofobia, intolerancia política y autoritarismo clerical, que el mundo árabe refleja hoy como un espejo tardío.
Ese espejo es tan fiel que también reproduce las viejas convulsiones de Europa, duplicando el oleaje revolucionario que sacudió a Occidente en los siglos XVIII y XIX. En este comienzo de año el cimbronazo se inició con el alzamiento popular de Túnez contra el régimen totalitario de Zine el-Abidine Ben Ali, septuagenario que gobernó ese país durante 23 años y proyectaba delegar el mando en su segunda mujer, aunque ambos terminaron el 14 de enero escapando al extranjero. Pero el detonador tunecino provocó otras explosiones. La más grave es la de Egipto, donde las revueltas callejeras han dinamitado la dictadura de Hosni Mubarak, en el poder desde 1981. Ese hombre de 82 años confiaba en traspasar la presidencia a su hijo Gamal, que sin embargo la semana pasada consideró más prudente exiliarse en Inglaterra.
El motor de esas sublevaciones ha sido la enorme corrupción de los grupos dirigentes, asociada al aumento insostenible del costo de la vida y al desempleo masivo. Como en un veloz contagio, los desórdenes se han extendido a Argelia, donde otro déspota septuagenario (Abdelaziz Buteflika) ha delegado parte del poder en su hermano Saidy, mientras la conmoción también se repite en Yemen, donde Ali Abdullah Saleh controla el país desde 1978, ahora a través de su hijo Ahmed. En estas semanas turbulentas hubo asimismo movilizaciones populares en monarquías que parecían estables (Jordania, Arabia, Marruecos) bajo similares crisis socioeconómicas, pidiendo cambios en el gobierno y reformas urgentes. Un levantamiento en cadena, cuya consecuencia final es imprevisible.
El riesgo mayor consiste en la llegada al poder del extremismo fundamentalista, que ya asoma la nariz en algunos puntos, mientras otros dictadores regionales como el libio Muhammar Khadafi, en el poder desde hace 41 años, o la familia Assad en Siria, ponen las barbas en remojo. Los árabes -y no sólo ellos- escuchan el trueno de una tempestad que recién comienza.
Los árabes como un polvorín del mundo
04/Feb/2011
El País, Jorge Abbondanza